Estábamos tan nerviosos por salir, nos encerramos un día domingo, lo recuerdo perfecto porque, bueeeeno, nosotros no salimos pero pucha que invitamos gente, si, lo sé, perdón, en marzo todavía no dimensionábamos nada.
Era agosto y por fin nos íbamos al fin a la playa, siiiii, al fin, meses encerrados, respetuosos como ninguno nos merecíamos este escape. Las clases habían empezado ya pero ¡¿queeee importaaaaabaaaaan las clases!?, necesitábamos playa otra vez, necesitábamos vacaciones de verdad, empanadas XL y caminatas eternas.
Llevamos chalecos y parkas porque siempre hay viento, chalitas y bloqueador porque siempre puede tocar un día de sol y toda la ropa que cabía en nuestro bolsos, porque jamás he podido sobrellevar "el por si acaso"... Creo que tanto encierro me puso mal, juraría que hasta los bolsos estaban felices.
Partimos temprano, lo confieso, la idea era salir como a las 11 para que los niños se quedaran dormidos y viajáramos en paz, pero a las 5 de la mañana nadie dormía, nos miramos, nos reímos y nos subimos al auto.
Santiago ya había vuelto a la vida, bueno, hay barrios que nunca pararon, no por irresponsables, lo sé, simplemente no podían parar, otros, como el nuestro estaban tranquilos como película zombie, duele un poco cada vez que te das cuenta de esa diferencia, pasamos por las mismas calles que pasamos mil veces sin embargo, con todo el encierro, sentimos que eran calles nuevas, una ciudad nueva, todos luchábamos por no pestañar, por absorver este mundo exterior.
Nadie durmió, las 2 horas de viaje se pasaron entre "miraaaaaa una vacaaaaa" "mamá ¿siempre estuvo ese peaje?" "¿podemos quedarnos para siempre en la playa?", nosotros cómplices, les decíamos que si a todo, les pasábamos el teléfono para que sacaran fotos, restábamos en cada cartel para saber cuántos kilómetros faltaban ¿por qué no vivimos siempre así? absorviéndolo todo, apreciándolo todo.
La señora del segundo peaje se reía sola, apenas llegamos fue una serie de equivocaciones, llevábamos todo menos efectivo y las moneditas del auto sumaban 215 pesos y un chicle rancio, nos miramos nerviosos, casi enojados buscando mutuamente echarnos la culpa, ella nos miró, miró a los niños que cantaban "vamos pa la playa..." por quinceaba vez, miró la garita de control y veloz dijo "pasen no más, mójense harto las patitas y si comen cuchuflí acuérdense de mi".
Cuando llegamos, no pudimos parar en la casa, como si la mayoría de edad en el auto fueran 10 años, nos fuimos directo a la playa, bajamos la escalera corriendo, el más chico estaba a punto de llorar por ir último pero solo gritaba, la mayor nos sorprendió frenando y cargándolo en la espalda siguió bajando la escalera, yo, yo moría imaginando como rodaban los dos.
Y al fin...
La arena cedía bajo nuestros kilos acumulados de tanta ansiedad y encierro, como pudimos nos sacamos las zapatillas, los calcetines y con suerte los celulares... corrimos y seguimos corriendo y si, con frío, con ropa, con llaves y con una sonrisa de oreja a oreja nos empapamos en esa agua fría y calma... por fin habíamos llegado a donde siempre debimos estar.
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Apenas se pueda - Paula Raby
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